NO DISPARE AL PIANISTA
Se cuenta, de fuentes confiables, que en ciertos tugurios del lejano oeste gringo se leía un cartel como el del título de esta columna: «No dispare al pianista». O, lo que en otros lugares y épocas era no matar al mensajero, en estos canales cuentas los antiguos el famoso término del chileno bueno, quien con engaño ondeando una baratija se acercaba a los canoeros y una vez teniendo su confianza, robaban violaban y raptaban mujeres y jóvenes. Hemos visto en las últimas semanas cómo se ha levantado una campaña casi unánime para acabar con lo que llaman la Ley Lafkenche. Matar al mensajero, dispararle al pianista. Que no es sólo esa ley, sino el pianista, el indio de carne y hueso.
Es bien llamativa la campaña. Porque con rotundidad expresidentes y aspirantes a serlo, con un coro de industrias y de parlamentarios, abogan por acabar esta nueva ley maldita, sin sopesar ni por un instante qué significaría hacerlo y si de hacerlo resuelven el problema que creen resolver; o arman uno peor. Sin la Ley Lafkenche, que en realidad se refiere al espacio costero-marino de los pueblos originarios, volvemos al estado original sin ley. O sea, a tener que batirnos con el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y con el Convenio 169 de la OIT. Un estado primordial, caótico. No es seguro que quienes han promovido “matar” la Ley Lafkenche quieran vivir en ese estado. Si no son capaces de tener un Estado que bregue con esta ley – que poco le pide al Estado – no nos los podemos imaginar en una situación sin ella. Por eso quizás han reculado un poco, pero sigue la amenaza al pianista, al indio que toca el piano.
Se dice poco que el Estado no ha cumplido con sus funciones en la implementación de esta ley. Ha sido él mismo quien ha provocado que se cuelen en ella agendas que, además, él ha promovido. No nos olvidemos de los capitanes Planeta y del cariño que se han profesado los últimos presidentes, senadores, diputados, gobernadores e intendentes, en no menos de los últimos veinticinco años, con organizaciones ambientalistas que ahora nos endilgan, no nos olvidemos que cierto director de una conocida ONG se posiciona en el congreso y señala que él tiene la garantía de judicializar cualquier proceso de instalación de industrias en nuestro país por 2000 días. Ministros y ministras promoviendo esas agendas en el extranjero. Son las mismas agencias del Estado las que han albergado, abrazado y mimado a esas organizaciones. Hacen política a través de ellas. No somos muy buenos pianistas, pero la música la han puesto otros, sumando más instrumentos que al final y al cabo han querido silenciar al pianista ¿O esto de demorar años en aprobar o desechar una solicitud de espacio depende de las comunidades indígenas? ¿O es una perilla que ha estado en el escritorio de un funcionario público? Olvidar a localidades como Puerto Edén, para que se hunda en la pobreza y el sin sentido. Permisología. Los miserables también la sufrimos. Y, peor aún, nos echan la culpa a nosotros. Para pasar colados a los que en realidad han armado este lío y han manoseado la famosa Ley Lafkenche para lograr sus objetivos y con ello hacer caja y una larga fila de intereses, extranjeros incluidos.