NO DISPARE AL PIANISTA
Se cuenta, de fuentes confiables, que en ciertos tugurios del lejano oeste gringo se leía un cartel como el del título de esta columna: «No dispare al pianista». O, lo que en otros lugares y épocas era no matar al mensajero, en estos canales cuentas los antiguos el famoso término del chileno bueno, quien con engaño ondeando una baratija se acercaba a los canoeros y una vez teniendo su confianza, robaban violaban y raptaban mujeres y jóvenes. Hemos visto en las últimas semanas cómo se ha levantado una campaña casi unánime para acabar con lo que llaman la Ley Lafkenche. Matar al mensajero, dispararle al pianista. Que no es sólo esa ley, sino el pianista, el indio de carne y hueso. Es bien llamativa la campaña. Porque con rotundidad expresidentes y aspirantes a serlo, con un coro de industrias y de parlamentarios, abogan por acabar esta nueva ley maldita, sin sopesar ni por un instante qué significaría hacerlo y si de hacerlo resuelven el problema que creen resolver; o arman u...